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La Asamblea Nacional mantiene en trámite reformas sobre violencia gineco-obstétrica y violencia obstétrica. El objetivo es fortalecer la protección de las mujeres durante la atención hospitalaria, pero el debate también genera inquietud entre ginecólogos y obstetras por el riesgo de normas ambiguas y mayor inseguridad jurídica.

En 30 segundos

  • La Asamblea Nacional debate reformas sobre violencia obstétrica; todavía no existe una nueva ley definitiva ya aprobada.
  • La discusión busca sancionar prácticas como el trato deshumanizado o humillante, los procedimientos sin consentimiento informado y otras vulneraciones de derechos de la mujer.
  • Parte del impulso de estas propuestas aparece en un contexto de fallas institucionales y problemas de atención, especialmente visibles en el sistema público de salud. Esta es una lectura editorial razonable del enfoque del proyecto.

Nota

La discusión sobre violencia obstétrica en Ecuador ha tomado fuerza en la Asamblea Nacional. Por un lado, la Comisión de Justicia analiza reformas al COIP relacionadas con violencia gineco-obstétrica. Por otro, ya fue calificado para trámite el Proyecto de Ley Orgánica para la Erradicación de la Violencia Obstétrica, presentado en marzo de 2026.

El debate busca reforzar la protección de la mujer frente a prácticas como procedimientos sin consentimiento informado, trato deshumanizado o humillante, decisiones impuestas sobre su cuerpo y otras vulneraciones de derechos durante la atención ginecológica y obstétrica.

Sin embargo, el tema también genera preocupación en parte del sector médico. Una cosa es sancionar abusos reales, y otra muy distinta crear normas poco precisas que terminen generando sospecha generalizada, medicina defensiva o temor en profesionales que sí actúan correctamente. La propia discusión técnica ha insistido en la necesidad de definir con claridad las conductas sancionables.

Aunque la propuesta no se presenta oficialmente como una respuesta exclusiva al sistema público, sí surge en un contexto de denuncias, falencias institucionales y problemas de atención especialmente visibles en la red pública de salud. Por eso, el debate no debería centrarse únicamente en castigar al médico individual, sino también en corregir deficiencias estructurales del sistema. Esta última idea constituye una interpretación editorial apoyada en el alcance del proyecto.

En este escenario, el reto es claro: proteger a la mujer sin convertir en sospechoso al profesional que actúa conforme a la buena práctica médica.

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